Hoja de ruta por Canarias: dónde comer en Tenerife

Hoja de ruta por Canarias: dónde comer en Tenerife

Canarias es siempre un destino apetecible; el único destino tropical dentro de España. Si ya de por sí la península ibérica es un pequeño cosmos en sí misma, con variedad de climas, costumbres y culturas diferentes, Canarias representa un cambio aún mayor.

A parte del clima, hay que ir en avión, cuando lo normal para un grupo (excepto los que están forrados) suele ser la siempre tediosa furgoneta. Eso ya es una aventura en sí misma digna de análisis.

Por un lado es divertido salir de la rutina. Además, a no ser que seas Bruce Dickinson, o Germán Salto, no tienes que pilotar, lo que te permite fantasear con hacer un buen Melendi. Emborracharse en un avión y armarla fina es algo que está entre las fantasías oscuras de cualquier músico.

Por otro implica no llevar muchos bártulos y que te los pongan en destino, lo cual lo agradece tu espalda.

Pero también tiene pequeños inconvenientes que cualquier rockero tiene siempre en cuenta:

1- El marrón que es pelear con los empleados de la línea aérea para ver el trato que se le da a los instrumentos. Hace poco se aprobó una directiva mundial que obliga a que las guitarras van en cabina, cosa que ha quitado muchos quebraderos de cabeza (excepto si vas con ryanair, la ley a estos se la trae al pairo…). Pero, en cualquier caso, si el instrumento no es una guitarra, la cosa vuelve a ser un marrón. Teclados o similares siguen en un limbo, más para los grupos con instrumentos menos habituales (ponte tú a explicarle al personal de tierra lo que es un sampler…), por lo que facturar es muchas veces inevitable y eso sabes que significa que metan tu instrumento en esa trituradora que son los que se encargan de las maletas, gente que ha borrado de su cerebro el concepto “Frágil”.

2- Al aeropuerto hay que ir comido, o bebido, si es lo que quieres hacer, para los que les da canguelo, lo de berber es algo, a veces, inevitable. Una vez traspasado el control de seguridad entras en un terreno que se conoce como el del “Cliente cautivo”. El concepto existe, no me lo he inventado y habla por sí mismo: pueden inflar los precios a placer porque si te pilla con gusa estás obligado a pagar por un sándwich una cantidad pensada para Donald Trump.

Bueno vayamos al viaje:

Llegamos al aeropuerto de Los Rodeos, en Tenerife, allí nos esperaban Belén y Gaby de la promotora Canarias Suena (/que nos trataron de lujo todo el fin de semana), nos llevaron al hotel a dejar el equipaje y quedamos en la puerta del mismo, yo bajé de primero y mientras esperaba, fui a por algo de beber. Canarias ofrece muchas cosas que en la península no hay: encontré un Nestea de mango y piña, muy popular allí y refrescos Cliper, una marca que sólo hay en las islas, el más popular es el de fresa, a mi me recuerda un poco al red bull, pero me gusta más, es un poco menos jarabe.

El hotel era el Pelinor, en pleno centro y cercano a la sala. Las habitaciones eran muy grandes y las vistas de la calle eran muy bonitas: la calle tiene unos árboles muy peculiares que hacen que esté en sombra, pero desde la habitación crean un manto verde homogéneo que da la sensación de que te puedes tirar y no lastimarte. Ojo es sólo la sensación, desde el quinto la muerte es segura.

Queríamos comer algo rápido y dormir una siesta, así que nos llevaron a un mítico sitio de bocadillos en Sta Cruz, La Garriga, un bar pequeño, de techo muy alto, con las paredes llenas de botellas y en el que también se pueden comprar productos típicos. La joya de la corona es el bocadillo de tortilla, ojo, no es una tortilla de patata, lleva otras cosas, creo que pude distinguir jamón, pero poco más, guardan el secreto de la receta con más celo que el de la coca cola. También comí uno de “Pata” (iba con hambre…), mi preferido de las islas, que es similar al que tenemos en Galicia de jamón asado, con la particularidad de que en muchos sitios lo acompañan de ali oli (no apto para dietas).

Tras la comida, parte del grupo se fue al hotel, pero mi novia, que nos acompañó en este viaje (no sabe ná…) y yo nos fuimos de paseo.

Caminando llegamos al mercado de nuestra señora de África, un precioso mercado, en el que puedes encontrar muchos productos típicos y una variedad enorme de frutas y verduras, allí vi por primera vez el chorizo de Teror, que probaría más tarde y que luego comentaré. Volvimos al hotel y dormimos una siesta, habíamos madrugado mogollón.

Tras la prueba de sonido, fuimos a cenar. Nos llevaron a una de las mejores hamburgueserías que he estado nunca, LollyPop American Dinner, una hamburguesería estilo años 50, que ofrece una gran variedad de enormes hamburguesas, que se pueden pedir en versión vegetariana, de tofu o falafel (a Martiño se le saltaban las lágrimas). Acompañamos nuestro pedido con unos estupendos nachos con queso y guacamole, de lo mejor que he comido en este tipo de lugares. También sirven enormes batidos al más puro estilo USA, muy recomendable.

Tras el concierto, nos tomamos unas copas en la zona de la sala Lone Star, en la que tocábamos, estuvimos en la sala y en el Hombre Bala, que está muy cerquita, tienen enorme terrazas y como el tiempo acompañaba, cosa habitual por allá, les dimos buen uso.

Al día siguiente quisimos aprovechar bien el día y nos fuimos a las piscinas de agua salada que hay en Santa Cruz, cerca del precioso auditorio de la ciudad, al estilo del de Sydney y por lo que nos contaron salió casi tan caro como el otro (que raro en España un sobrecoste, ¿no?). Uno se queda bastante sorprendido de lo limpia e impoluta que se ve la fachada: Nos contaron que tienen halcones para persuadir a otras aves de que se acerquen y la manchen con sus excrementos.

Las piscinas están genial, son de forma asimétrica, enormes y con un islote en el medio, como estábamos en enero tenían una oferta y sólo costaba 0’50 euros la entrada (aún así estaban prácticamente vacías). Viendo el precio y el buen rollito que teníamos, no nos pudimos resistir a unos mojitos (ponía en el cartel), que resultaron ser caipiroskas…

A la hora de comer, nos vino a buscar Noé, de Pumuky, buen amigo, enamorado de su tierra y su gastronomía y el primero en llevarnos a tocar a Canarias hace unos años. Noé nos llevó a las afueras de Santa Cruz, a una zona que se conoce como el barrio de María Jiménez, una zona que puede recordar un poco a las favelas de Brasil, en un costado de las montañas, muy chulo (las favelas también lo son, aunque sean un paradigma de pobreza). El restaurante se llama La Charca, está apartado de otras casas, en un cañón muy bonito, tiene una terraza amplia, evidentemente comimos al solito. Nos metimos una panzada guapa con manjares locales: Gofio, champiñones rebozados con ali oli, pulpo guisado, batata y patatas con mojo, queso a la plancha con mojo y cherne a la espalda… Una auténtica maravilla.

Por la tarde noche fuimos a la Orotava, donde tocábamos esa noche, es una zona muy diferente de la isla con paisajes preciosos y llenos de vegetación, un poco más fría climatológicamente hablando, porque baja el aire frío del Teide.

Tocábamos en la plaza V centenario, en el café Quilombo. Antes de la prueba nos tomamos algo en la plaza, estaba llena de niños jugando, comentábamos lo bonito que debe ser crecer en Canarias y lo fantástico que es poder disfrutar tanto del aire libre. Allí mismo nos tomamos para cenar unos pinchos del bar el Baúl, todos muy ricos, mini hamburguesas, quesos con cebolla caramelizada, tortilla con pimientos, morcilla… cosas así.

Tras el concierto tomamos un par de cervezas y volvimos a Santa Cruz a dormir, que al día siguiente teníamos que coger el barco a Las Palmas muy temprano.

 

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